El problema no es Rocha Moya
Carta de un militante activista, dirigida a la ciudadanía Decía Winston Churchill: “Una mentira da la vuelta al mundo antes de que la verdad tenga tiempo de ponerse los pantalones”.


El problema no es Rocha Moya
Carta de un militante activista, dirigida a la ciudadanía
Decía Winston Churchill: “Una mentira da la vuelta al mundo antes de que la verdad tenga tiempo de ponerse los pantalones”.
Los ciudadanos entienden más de lo que los políticos creen. Un cambio de régimen lleva años y, sin duda, en México apenas lo estamos viviendo. Queremos cambiar la forma de hacer política, pero parece que el pasado nos alcanza. Entendemos la complejidad de cambiar las formas, las estructuras mentales y técnicas de la política, y el entramado de corruptela e impunidad que impera en nuestro país. Pero ¿estamos haciendo algo para ello?
El caso Rocha Moya es, sin duda, muy grave, pero no es aislado. Debemos explicar a la gente, de manera clara, que el narcotráfico se encuentra presente en la mayor parte del país, que muchas instituciones están infiltradas, que muchas empresas participan y que es un gran negocio global.
Lo imperdonable es que no tomemos decisiones. Desde abril de 2021, cuando venció el plazo otorgado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación al Congreso de la Unión para legislar sobre el uso adulto de la marihuana, seguimos sin resolver de fondo el tema. Seguimos sin discutir seriamente la regulación de la marihuana y de otras drogas que no son letales. Seguimos escondiendo el problema mientras este avanza. Aplica el dicho: “Mientras exista el mercado habrá intercambio, competencia y precios”.
Pero, en lugar de tomar acciones claras y que ayuden a disminuir el problema, seguiremos culpando a actores políticos de las muertes, enfrentamientos y daños colaterales. Seguiremos culpando al maldito pasado y a sus sombras.
El problema, entonces, no es solamente Rocha Moya. El problema es un sistema que durante décadas permitió que el narcotráfico creciera hasta convertirse en un poder económico capaz de corromper autoridades, penetrar instituciones y disputar territorios. Podemos cambiar nombres, señalar gobernadores y repartir culpas, pero mientras no tengamos el valor de discutir las causas profundas, regular lo que deba regularse, perseguir el dinero y romper las redes de complicidad, estaremos administrando el problema, no resolviéndolo. La transformación también significa atrevernos a enfrentar las verdades incómodas.
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